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Nairo Quintana vivió un episodio peligroso en su infancia conocido como el 'tentado de difunto'. Este evento se detalla en el libro 'Historia del ciclismo en Colombia' de Marcos Pereda.
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Reproducimos en MARCA un extracto de 'Historia del ciclismo en Colombia' (Libros de Ruta), de Marcos Pereda, reconstruye el origen humilde, el mito y la primera gran hazaña del boyacense

Nairo Quintana, en una imagen de niño.
15:14CEST
El 'tentado de difunto' es un episodio peligroso que Nairo Quintana experimentó durante su infancia, que se menciona en el libro 'Historia del ciclismo en Colombia'.
'Historia del ciclismo en Colombia' fue escrito por Marcos Pereda, quien reconstruye la vida y hazañas de Nairo Quintana.
Nairo Quintana es considerado un mito del ciclismo colombiano debido a su origen humilde y sus grandes logros en el deporte.
La infancia de Nairo Quintana, marcada por episodios difíciles como el 'tentado de difunto', contribuyó a forjar su carácter y determinación en el ciclismo.
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Antes de Europa, antes de las grandes vueltas, Nairo fue un niño de montaña marcado por la altura, la tradición y una historia que roza lo mágico. Este fragmento del libro de Marcos Pereda sitúa el punto de partida: Cómbita, la familia, la enfermedad que casi lo apaga y aquella carrera juvenil que encendió la leyenda.

Así luce la portada del libro.
Así es el texto dentro de uno de los capítulos del libro:
Cómbita es un pequeño pueblo del departamento de Boyacá. Unos 14 000 habitantes que hacen su vida a 2800 metros de altitud. Zona campesina, bracera. Patatas, maíz, arvejas, cebada. También vacas, muchas. Cómbita proviene del idioma muisca. Lugar habitado desde siempre, desde que el mundo es mundo. «Fuerza de la cumbre», significa. Rodeado por los ríos Arcabuco, Piedras y Chicamocha, Cómbita en realidad forma parte del área de Tunja, la gran ciudad, la capital de Boyacá, distante menos de diez kilómetros. Próspera, tranquila. Apenas conatos guerrilleros, demasiado fría para el cultivo de narcóticos. La tierra, exigente desde que el mundo es mundo, actuó esta vez como vacuna ante los problemas.
Fue allá, en Tunja, donde Miguel Induráin se proclamaría cinco años más tarde campeón del mundo contrarreloj, que nació Nairo Alexander Quintana Rojas. Un 4 de febrero de 1990. Casi de casualidad, podríamos decir. La familia vivía realmente en Cómbita, en lo alto de la Loma del Moral, plena vereda de La Concepción, una casa grande, dos plantas, pintada con leve tono azul. Donde siguen viviendo hoy Luis y Eloísa, los progenitores del ciclista. Murales que muestran a Nairo sobre la bicicleta (vestido con la maglia rosa, vestido con el maillot a topos, vestido con la camiseta roja de líder en la Vuelta) han sustituido a los antiguos brochazos, que ya descascarillaban de tan viejos.
No era una familia rica, pero tampoco pobre. Gente normal del campo boyacense. Nairo Quintana (y su hermano Dayer, también ciclista) se ha cansado de repetirlo en las entrevistas. No miseria, no nos sobraba, pero no miseria. Casa en propiedad, terrenos nuestros, algunos animales, incluso una pequeña tienda donde vendíamos arroz, pollo, verduras. No confundan frugalidad con pobreza. No importa, el cliché se mantiene. Para los europeos alguien con los rasgos de Nairo, con su color de piel, con su manera esforzada de comportarse sobre la bicicleta, tiene que provenir obligatoriamente de un ambiente lleno de necesidades. Es una especie de paternalismo popular que esconde cierto deje racista. Las más de las veces involuntario, por cierto, lo que resulta aún más peligroso. El rico le tira al pobre. / Al indio, que vale menos, / ricos y pobres le tiran / a partirlo medio a medio…, dice el Romance de los Comuneros. Sigue diciendo, aún hoy. Desde el principio, el relato. El cuento. La leyenda. Casi a medio camino entre tradiciones indígenas y realidades de la actualidad. Nairo Quintana no tiene ni un año de edad y se muere. Se está muriendo. Qué tiene, doctor. Qué tiene. No hace falta diagnóstico, todos lo saben. Tentado de difunto. El chico ha contraído tentado de difunto, ese mal que les entra a los bebés (y a las embarazadas) si están en contacto demasiado tiempo con fallecido reciente. Un alma que no encuentra su camino, que se aferra a cuerpos de huesos y sueños. Cuerpos como el del pequeño Nairo. Semanas vomitando, diarrea, fiebre alta. Se nos va, se nos va. Casi nadie regresa de un tentado de difunto. Hasta que ocurre. Frente a las maldiciones solamente vale la curación del espíritu.
Y aparece una vieja, una vieja que sabe de hierbas, como en los cuentos de hadas. Solo que aquí no es bruja, o no bruja mala, sino hechicera de las que curan. Coge raíces. Nueve árboles distintos. Las hierve, cuela la mezcla. Denle esto al niño, dice, que no lo vomite. Es un remedio muisca. Nairo, pequeño bulto de carne ardiente, bebe. Y empieza a mejorar. Poco a poco. En unos meses será muchacho sano, fuerte, perfectamente desarrollado para su edad. (Al menos así se cuenta, y no seré yo quien venga aquí a decir cosas distintas). Y Quintana comienza a ir al colegio en bicicleta. Por gusto, por placer. Le encanta. Aunque tarda en competir. No tenemos noticia de una carrera suya hasta los quince años, nada menos. Eso sí, se estrenó a lo grande. Regalando mitos, de nuevo. Cuentan que fue un tal Belarmino Rojas quien lanzó el reto. Belarmino tenía una cristalería en Arcabuco, a unos 25 kilómetros de Cómbita. Amigo de Quintana padre, aficionado al ciclismo. De vez en cuando veía al chico pasar con su bici, trepar como un diablo las empinadas pendientes de la zona. Te digo que puede hacerlo, que puede ganarle. Yo organizo el desafío, compañero. Y, además, apuesto con quien quiera 50 000 pesos. A que Nairo gana a Juan Pistolas… Juan Pistolas. Nada menos. Es una pena que ese muchacho no llegase a profesional, porque tiene nombre de película. Puro carisma. Un fuera de serie en eso de la onomástica. Y, dicen, sobre la cicla también lo era. Bien preparado, con su maillot, su culote, sus guantes, su casco, su máquina de carreras. Tenía incluso trofeos en casa. Entrenamiento diario.
Buen material. Contra ese Juan Pistolas había apostado Belarmino Rojas. Una carrera de dos. ¿El recorrido? Pues el que propuso el señor cristalero. Desde la plaza de Arcabuco hasta la cima del duro Alto de Sota. Medio centenar de kilómetros. Es el mes de abril de 2005. La cosa no tiene mayor historia. Nairo Quintana llega destacadísimo a la cima de Sota, después de haber dejado tirado al tal Juan Pistolas al comienzo del puerto, justo donde el maillot ajustado y las ruedas último modelo dejaban de importar. Todo es alegría en el chico. También en Belarmino, que desde entonces se convierte en una especie de mecenas para él. Pero, al fin, llega la preocupación. Pasan cinco minutos, diez, y Juan Pistolas no aparece. Un cuarto de hora, luego otro más. Al final un grupo de personas, entre ellos el promotor del «evento» se lanzan con sus autos pendiente abajo, el corazón en un puño. ¿Y si ha ocurrido una desgracia, una caída, un atropello? El enigma se resuelve después de algunas curvas. Encuentran allí a Juan Pistolas, tirado en el suelo, la cabeza entre las piernas. Está vomitando por el esfuerzo.
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